En el cálido verano siempre es bienvenida la lluvia que venga a restituir la humedad que se robaron los secos vientos del norte. Los últimos días de Diciembre siempre las nubes se levantan y cae un chaparrón. Un chubasco a veces modesto pero que alcanza para que las plantas gocen de un alivio y se asiente la tierra agobiada con ganas de más agua. Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan, qué sí, que no, que caiga un chapuzón, recitaba mi Madre. La gente baquiana, del campo, se da cuenta como un radar viviente que está por caer el aguacero. Es el ruido que suele anteceder como un trueno que en vez de ir degradando se mantiene continuo y grave.Al instante embelesado siento que las miríadas de piedritas chocan contra el suelo. El caer de cristales de hielo desde un alto cirrus que atraviesan la humedad de un cúmulo, suenan como una melodía cuando los pedruscos entrechocan entre si formando una cortina de cristal. Llueve y el agua cae sin relieve sobre las piedras, ávidas de lluvia. Cuando sentía que misfibras íntimas querían nuevamente desplegarse como un pájaro errante para abrazar y descubrir el universo, se largó la granizada en seco como si de repente se abrieran la puerta del cielo. Feroz, fulminantes. Piedras del tamaño de un huevo de gallina. Al ruido de la pedrea sobre los techos, en el acto se le sumó el de las plantas que se desgajaban y de los árboles que se venían abajo. Habrá durado, no más de quince minutos, un cuarto de hora. La verdad que la tormenta que iba a ser una simple borrasca, me dejo impresionado. Una tormenta mayor de viento y piedra.Una lluvia de verano que al fin ceso. Con mi cuerpo sin mojarse pero en estado de meditación incorpórea, percibo con absoluta claridad los movimientos de la naturaleza que nos adelantan un año nuevo de esperanza y prosperidad insospechada. Es que el cielito necesita llorar de vez en cuando. Después de la tormenta siempre llega la calma. El sol sale. Hay palabras que suben como el humo, y otras que caen como la lluvia. Las nubes vienen flotando hacia mi vida, ya no para traer la lluvia o acompañar la tormenta, sino para agregar color a mi puesta de sol. En mi trasformación etérea se desprende como unadescarga un grito de optimismo. Un Año Nuevo, como portal sostenido por 365 vigas, nos espera. La sed de los recuerdos tendrá lluvia de olvido. Un calendario, con 365 días virginales, aguarda el color de nuestra ilusión. De inmediato mi cuerpo astral toma la posición de súplica. Mi mente en un ruego vivo implora para quela Paz que nos dejó la Navidad no se apague con el cañón de la violencia, ni se marchite el anhelo que el hombre abriga. Que los 12 meses que nos saludan, sean oportunidades para ser mejores, dejando atrás el no puedo más y él no te metas. Atrás quedó lo viejo y nos espera lo nuevo. Olfateo la lluvia y siento el viento, juntoal verdor de los cuerpos, el sexo de las flores, el polen de la risa y todas las estrellas que vienen confundidas en la gota de lluvia. El Señor, con su Nacimiento, ya alumbró cada mes de este Año Nuevo. La Virgen Sagrada nos infundirá 365 soplos de aliento divino. Desde la altura mirando la tormenta que se apacigua lentamente y los cristales de hielo hundirse en el suelo ávido,en serenidad y silencio brindo y saludo a mis lectores y editores amigos añorando que la bienaventuranza se anide en el corazón de cada uno y puedan seguir acompañándome en un vuelo de pájaro y sueño. La vida es lluvia, fuego que arde y viento, trueno en el cielo y sol que da luz. Vive mi querido amigo tu vida al máximo potencial, y lucha siempre por tus sueños. Feliz año 2023.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
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