No todo lo que rima es poesía, del mismo modo que no todo lo que se publica merece necesariamente ser llamado poema. La poesía no consiste en perseguir una rima a cualquier precio, ni en colocar una serie de palabras juntas porque simplemente pertenecen al mismo campo semántico.
Hay rimas que, lejos de perfeccionar un verso, lo empobrecen y pueden producir un efecto cómico e incluso pueden arrancar una sonrisa, pero la poesía exige algo más que la coincidencia sonora: exige responsabilidad, precisión y un ritmo interior peculiar y armonioso.
Recuerdo haber leído o escuchado alguna vez una comparación que algunos celebraron: « Estás pegada a mí como un chicle ». No es la imagen en sí lo que me ha preocupado, sino la facilidad con la que a veces confundimos disparate con poesía, ingenio con ingenuidad y belleza con descaro. La metáfora no debería existir únicamente para llamar la atención, debe acariciar el alma, sugerir una emoción y revelar algo que permanecía oculto.
Escribir poesía implica, de algún modo, asumir una responsabilidad ante las palabras. No basta con escribir lo primero que nos viene a la cabeza y convertirlo inmediatamente en verso. Antes de publicar, convendría escuchar el poema, cuestionarlo, quitarle lo innecesario y preguntarnos si realmente tiene algo que transmitir. La poesía también necesita silencio, sosiego y revisión. A veces, escribir consiste precisamente en saber qué palabras debemos descartar.
Vivimos en una época en la que cualquiera puede escribir y publicar con una facilidad nunca vista. Esa democratización de la palabra es, sin duda, una posibilidad extraordinaria; pero también nos obliga a distinguir entre la abundancia de textos y la verdadera esencia de la poesía.
La poesía no debería medirse por la cantidad de versos escritos, sino por aquello que permanece en nosotros cuando ya finalizamos la lectura del verso.

