-DESDE TAFÍ DEL VALLE- “LOS SUEÑOS COMPARTIDOS” Por Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

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Mientras escribo estas líneas, el mundo parece haberse detenido por un instante.

En las grandes ciudades y en los pueblos más pequeños, en las casas humildes y en los edificios que rozan las nubes, millones de ojos miran una misma pantalla. Durante unos minutos las preocupaciones cotidianas se repliegan. La inflación, las guerras, las disputas políticas, las incertidumbres personales y los dolores íntimos parecen esperar pacientemente detrás de una puerta invisible.

Entonces rueda una pelota.

Y el mundo vuelve a sentirse pequeño.

Desde este rincón de Tafí del Valle, donde los cerros han contemplado silenciosamente el paso de generaciones enteras, observo con asombro cómo algo tan sencillo logra lo que tantas veces fracasa en conseguir la política, la economía o la diplomacia: reunir corazones.

No se trata solamente de fútbol.

Nunca se trató solamente de fútbol.

Se trata de una necesidad profundamente humana.

La necesidad de creer.

La necesidad de compartir una esperanza.

La necesidad de sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.

Por eso el Mundial trasciende el deporte.

Porque durante unas semanas desaparecen las fronteras invisibles que suelen separarnos. El anciano que vivió otros tiempos, el niño que descubre el asombro, la mujer que organiza su hogar, el trabajador que regresa cansado de su jornada, el estudiante, el comerciante, el profesional y el jubilado encuentran un lenguaje común.

Todos miran hacia el mismo lugar.

Todos esperan el mismo milagro.

Y los milagros, aunque adopten la forma de un gol, siguen siendo milagros.

Pienso entonces en Lionel Messi.

No en el futbolista extraordinario que desafía las leyes de la lógica con una pelota en los pies.

Pienso en el hombre.

En aquel muchacho que conoció la crítica despiadada, la derrota, las finales perdidas, las lágrimas silenciosas y hasta la tentación de abandonar sus sueños.

La historia de Messi no es la historia del éxito.

Es la historia de la perseverancia.

Es la historia de alguien que cayó muchas veces y eligió levantarse una vez más.

Por eso millones de personas lo admiran.

Porque detrás de cada gambeta reconocen una lucha.

Y detrás de cada victoria descubren una enseñanza.

Los pueblos también atraviesan derrotas.

También conocen frustraciones.

También sienten que ciertos sueños son imposibles.

Sin embargo, la historia humana siempre ha sido escrita por aquellos que decidieron continuar cuando todo parecía perdido.

Quizás por eso los mundiales nos conmueven tanto.

Porque en el fondo no observamos solamente a veintidós jugadores corriendo detrás de una pelota.

Observamos una metáfora de nuestra propia existencia.

Vemos el esfuerzo.

La cooperación.

La confianza.

La disciplina.

La importancia de comprender que ningún triunfo verdadero es individual.

Hasta el más brillante de los jugadores necesita del equipo.

Nadie conquista una copa en soledad.

Nadie construye una nación en soledad.

Nadie alcanza la plenitud humana en soledad.

Desde las alturas de Tafí del Valle, donde las estrellas parecen acercarse un poco más a la tierra, imagino que el verdadero campeonato que disputamos los seres humanos no ocurre en los estadios.

Se juega cada día.

En nuestras familias.

En nuestros trabajos.

En nuestras comunidades.

En nuestra capacidad para ayudarnos mutuamente cuando las circunstancias nos golpean.

Tal vez por eso una pelota puede emocionarnos tanto.

Porque nos recuerda algo que jamás deberíamos olvidar:

Los hombres no viven únicamente de certezas.

Viven también de sueños.

Y los sueños compartidos poseen una fuerza extraordinaria.

Son capaces de atravesar océanos.

De derribar prejuicios.

De unir generaciones.

De iluminar épocas oscuras.

De hacernos creer, aunque sea por un instante, que todavía es posible construir un destino común.

Mientras el Mundial continúa y los pueblos celebran, sufren y esperan, los viejos cerros de Tafí permanecen inmóviles, custodios silenciosos de una verdad sencilla.

La verdadera grandeza no consiste en levantar una copa.

Consiste en no dejar de soñar.

Porque los sueños, al fin y al cabo, son las estrellas que guían el camino de los hombres.

Y algunas veces, cuando millones de corazones laten al mismo tiempo, esas estrellas parecen descender del cielo para recordarnos que todavía hay esperanza.

« Siempre se puede. »

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