MI MADRE: NUNCA ES TARDE Por Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

Reflexiones

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Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón Poeta y escritor (Argentina)
Highlights
  • Una madre que convirtió la perseverancia en una lección de vida que permanece más allá de su ausencia

Mi madre, María Susana  Aragón de Lobo, me enseñó muchas cosas sin proponerse enseñármelas.

Había sido maestra. Había conocido las aulas desde el lugar de quien entrega una palabra y espera, acaso durante años, que germine. Enseñó también en el Seminario Mayor, entre jóvenes que se preparaban para el sacerdocio, mientras su propia vida transcurría entre hijos, nietos, obligaciones y esa multitud de pequeños deberes sobre los que se construyen las familias verdaderas.

Fue madre de ocho hijos.

Y conoció también el dolor que ninguna madre debería conocer: despedir a algunos de ellos antes de tiempo.

Sin embargo, siguió.

Tal vez de ella aprendí que el dolor puede acompañarnos sin tener necesariamente la última palabra.

Era hija del doctor Roque Raúl Aragón y llevaba consigo una historia familiar vinculada a Tucumán, al derecho y a la vida pública. Pero su mayor título no estaba escrito en ningún diploma.

Hasta que un día decidió obtener uno.

Cuando muchos piensan que ha llegado la edad de detenerse, mi madre volvió a las aulas.

Estudió Derecho.

Rindió materias.

Avanzó un año detrás de otro.

Y a los sesenta y nueve años se recibió de abogada.

Nunca interpreté aquello como una búsqueda de prestigio. A esa altura de su vida no necesitaba demostrarle nada a nadie.

Creo que buscaba otra cosa.

Buscaba la Justicia.

No solamente aquella que duerme entre códigos y expedientes, sino la otra: la que intenta dar a cada uno lo suyo, la que se hermana con la equidad, la que nace antes que las leyes escritas y permanece cuando las leyes cambian.

Mientras algunos de sus hijos habíamos transitado la Justicia, la política o la función pública, ella parecía recordarnos silenciosamente que detrás de cualquier cargo existe algo más importante: la rectitud.

Su graduación tampoco fue un récord.

Fue una lección.

Nunca es tarde.

Nunca es tarde para estudiar.

Nunca es tarde para comenzar.

Nunca es tarde para descubrir una habitación de nosotros mismos cuya puerta habíamos dejado cerrada.

Nunca es tarde para levantarse.

Con los años comprendí que buena parte de aquello que llamé perseverancia quizás no fuera enteramente mío.

Venía de antes.

Venía de ella.

Mi madre murió el 11 de agosto de 2009.

Desde entonces aprendí otra cosa: las madres no desaparecen del todo.

Se vuelven raíces.

Quedan en ciertas palabras que pronunciamos igual que ellas. En algún gesto de nuestras manos. En la manera de mirar a nuestros hijos. En una oración que regresa cuando tenemos miedo. En esa fuerza inexplicable que aparece precisamente cuando creemos que ya no podremos continuar.

A veces, desde Tafí, miro las estrellas.

No sé cuál sería la suya.

Quizás ninguna.

Quizás todas.

Pero me gusta pensar que aquella mujer que volvió a las aulas cuando otros ya pensaban en el descanso todavía sigue enseñándome.

Y cuando la vida vuelve a poner delante de mí una cuesta, escucho aquella lección que nunca necesitó escribir:

siempre se puede.

Entonces comprendo que sigo caminando con una parte de ella.

Porque hay madres que nos dan la vida una vez.

Y hay otras, como la mía, que continúan dándonosla después de haberse ido.

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