Vivimos en una época donde la autoexigencia se ha convertido en la manera más útil para soportar la vida y aguantar sus golpes. La sociedad está edificada con el objetivo de hacer del cansancio y el estrés un modo de vida peculiar.
Trabajar hasta la extenuación, dejar de dedicar tiempo de calidad a nuestros seres queridos y a las personas que realmente nos hacen felices se ha convertido en una nueva forma de control. Ya no hace falta que nos digan lo que tenemos que hacer para dejar de ser felices. Para ser explotados basta con pensar en ser más productivos, trabajar más horas, obsesionarnos con el éxito, darlo todo y adoptar el concepto de la perfección como modo de vida, hasta el punto de vaciarnos y convertirnos en personas que no les interesa cuestionar, ni tampoco les motiva sentir.
La obsesión por tener éxito en todos los aspectos de la vida, y en especial, en el aspecto profesional, nos está transformando en máquinas de producción capaces de aislarnos de nuestro entorno y del mundo, sólo para mantener intacta nuestra capacidad de producción en detrimento de nuestro bienestar físico y emocional. La obsesión de aparentar lo que en realidad no somos nos convierte en esclavos de nuestros caprichos. Lo más sano es dejar de aparentar para empezar a vivir.

