Tú, por ejemplo

LA ÍNSULA BARATARIA ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA

CAPÍTULO 38

DINOSAURIOS DE  PAPEL

 

  Confiterías:  en  eso  se  convirtieron  los  quioscos  españoles en junio de 2014 en lo que respecta a diarios impresos. Y ni tan siquiera podías escoger entre varios pasteles porque, como en los países pobres y totalitarios a lo Corea del Norte, sólo tenían uno: un merengue sobre Juan Carlos I y su sucesor, Felipe VI. A la largo de decenas de páginas, en forma de informaciones o de artículos de opinión, todos los diarios impresos de Madrid, y la inmensa mayoría de los  de  las demás ciudades españolas, repetían la misma cantinela empalagosa. Juan Carlos I era un titán que había traído la democracia a España, había abortado el golpe de Estado    del 23 F y nos había regalado un extraordinario período de libertad y prosperidad. Además, lo había hecho solo o prácticamente solo (como ya se había muerto, se podía decir que Adolfo Suárez le había echado una manita). Felipe VI, por su parte, era un joven preparadísimo, felizmente casado y padre ejemplar, cuyo reinado iba a ser tan idílico o más que el de su padre.

Esa uniformidad norcoreana en el ditirambo confirmó la mala salud profesional y democrática de los diarios de papel

españoles, su conversión en productos previsibles, conformistas y aburridos, iguales en lo esencial los unos a los otros. A los más viejos del lugar ese esperpento nos hizo recordar un sarcasmo utilizado medio siglo atrás: claro que hay libertad de Prensa en la España de Franco, cualquiera puede escoger entre Arriba, Pueblo, ABC, Ya y La Vanguardia. Lo triste es que la comparación tenía su miga: la supuesta variedad de ofertas en papel de la Prensa diaria española de 2014 podía asemejarse a la de 1960, una mera cuestión de “sensibilidades” distintas dentro de un mismo régimen. En aquel caso, falangistas, tecnócratas, monárquicos, católicos y otras familias del franquismo; en éste, el arco que va desde el centro a la extrema derecha de la casta de políticos, banqueros, periodistas y empresarios que quiere perpetuar el sistema surgido de la Transición.


Desde El País a La Razón, pasando por La Vanguardia, El Heraldo de Aragón y La Voz de Galicia, la falta de pluralismo, originalidad y espíritu crítico en las semanas de la abdicación de Juan Carlos I y la coronación de Felipe VI fue clamorosa e irrisoria. Las redes sociales y los jóvenes diarios digitales subrayaron con jolgorio que, día tras día, las portadas de los dinosaurios de papel competían por ver quién era más pelota, más oficialista, más cortesano. El modelo periodístico que adoptaban era el de
la revista ¡Hola!.


Qué buenos eran Juan Carlos y su hijo, qué miradas de cariño y complicidad se dirigían Felipe y Leticia,  qué  bien estaba gestionando Rajoy la sucesión en el trono, que gran sentido de Estado el de Rubalcaba y Felipe González, qué adhesión tan sincera y profunda expresaba todo el pueblo español a la bandera rojigualda, la Constitución de 1978,   la

sagrada  unidad  de  la  patria  y  la  institución monárquica.


¿Expresaba? Las manifestaciones callejeras  que  solicitaban una consulta democrática para que todo el mundo pudiera manifestarse sobre esas cuestiones, eran reprimidas a porrazos por los antidisturbios. Los medios digitales independientes recordaban que más del 70% de los españoles no había aprobado en las urnas la Constitución: unos porque no habían nacido en 1978, otros porque aún no tenían la edad de votar, bastantes porque, aún teniéndola, se habían abstenido o votado negativamente.


Demagogia, populismo, chavismo, clamaban los diarios de papel. Lo hacían también al unísono, sin diferencias sustanciales entre la monotonía centrista de El País y la secular melopea del ABC. Resultaba, por cierto, curiosa y reveladora la compartida obsesión por el chavismo de los dinosaurios de papel. Tras las elecciones europeas del 25 de mayo, El País, que no había informado en absoluto durante la campaña sobre Pablo Iglesias y Podemos, se sumaba al TDT Party para advertirnos de que el Apocalipsis bolivariano estaba detrás de ellos. Aunque, como es mi caso, uno no haya simpatizado jamás con el chavismo, resultaba difícil creer al diario de Cebrián: ¿no fue el que publicó una portada sensacionalista con una foto falsa de un Chávez agonizante?


¿No tiene que ver su monomanía con la Venezuela bolivariana con cuestiones de negocios, la amistad de González y Cebrián con Carlos Andrés Pérez y sus herederos, la agenda compartida con Washington en cuestiones latinoamericanas, y otros asuntos más o menos inconfesables?


A  la    mayoría   de    los    españoles   ese    empeño   por

convencerles de que la mayor amenaza que pesaba sobre sus vidas era una posible importación del modelo chavista, les resultaba tan alucinante como cuando, una década atrás, se les dijo que el porvenir de la humanidad dependía de la eliminación a cualquier precio de Sadam Hussein. Como entonces, se les pedía un acto de fe: creedme, sé de lo que hablo, seguid al líder sin rechistar.


Los españoles estaban equivocados preocupándose por la situación económica, insistían los diarios de papel. Con disciplina –quien paga manda-, martilleaban la propaganda del Gobierno conservador: la recuperación estaba en marcha y nos esperaba, más pronto que tarde, un nuevo período de vacas gordas. ¿No estaban subiendo a tope los beneficios de los bancos y las grandes empresas? ¿No se contrataban camareros por días en las temporadas turísticas? ¿Que siguen despidiendo a asalariados fijos, que siguen bajando los sueldos, que la gasolina, la electricidad y el butano están por las nubes, que los impuestos os ahogan? ¡Demagogia, populismo, chavismo! Si no te gusta España, vete a Venezuela y verás lo que es bueno.

El argumentario del poder no ha cambiado demasiado en España con el paso de las décadas: sigue rechazando el debate racional, satanizando el pluralismo y no aceptando más que una forma, la patriotera adhesión incondicional, de pertenencia a la comunidad. Si no te gusta España, vete a la Rusia comunista, decían los de Franco.


Y así llegamos al verano de 2014. A tenor de lo que publicaban los diarios de papel, con una sucesión modélica en el trono de los Borbones, una Constitución que el mundo envidia y una recuperación económica que solo los resentidos
y los violentos dicen no percibir. Ahora bien, como los amos de esos diarios no son tan tontos como parecen, hasta anticipaban la posibilidad de que, como la mayoría de la  gente no les hace el menor caso, se repita en las municipales y legislativas de 2015 lo de las europeas del 25 de mayo. ¿Que ni el PP ni el PSOE obtienen una mayoría suficiente para gobernar? No problem: los dos forman un Gobierno de Gran Coalición que defienda el statu quo y aquí paz y allí gloria. Como en Alemania, fíjate. Vayamos encargando artículos en esa línea: llama a Luis María Anson, llama a Javier  Solana.


Sí, por supuesto, los dinosaurios de papel pierden lectores e influencia a chorros, pero eso no tiene nada que ver con los errores de sus esclerotizados dueños y directivos, eso no es culpa de la uniforme inanidad de sus contenidos: eso es culpa de Internet. Venga, hagamos otro ERE, despidamos a esos veteranos que aún quedan en plantilla, son tan protestones y resultan tan caros. Contratemos por cuatro perras a chavales que copien y peguen sin decir ni mú cosas que vayan encontrando en el ciberespacio, cosas de verdadero interés para los lectores. Como las tropelías del chavismo, el último informe de Goldman Sachs sobre la necesidad de rebajar aún más los sueldos y, para que se vea que somos modernos, la
presentación de la nueva colección de Victoria´s Secret.


¿Qué dice usted? ¿Que la crisis de los diarios impresos no es debida tan sólo al hecho de que Internet se haya incorporado a nuestras vidas cotidianas como el  agua corriente o la electricidad? ¡Tonterías! ¿Cómo pretende usted saber usted más que nuestro consejero delegado que va tanto a Nueva York que hasta se ha comprado allí un apartamento con  vistas  a  Central  Park?  ¿Dice  usted  que  los      diarios
impresos han perdido credibilidad? ¿Que el lector ya no se puede fiar de lo que publican? ¿Que, al insertarse en grupos multimedia y al endeudarse hasta límites insoportables, han dejado de ser críticos e independientes, han perdido interés y se han ido transformando en voceros de gobiernos, grupos bancarios y gigantes empresariales? ¿Que son sosos y conservadores, que no conectan con los sectores de la población más inquietos y dinámicos? ¡Demagogia, populismo, chavismo!


¡Lo que hay que oír! Que los dinosaurios de papel son insostenibles con esas cúpulas empresariales y directivas tan tremebundas y costosas. Que abaratar su producción despidiendo a periodistas rebeldes es una respuesta fácil y tontorrona. Que esos despidos deterioran aún más la calidad de su información, su análisis y su escritura, con lo que, en   un espiral viciosa, siguen perdiendo lectores. Que al convertir su línea editorial en un permanente viaje a la derecha van dejando huérfanos a cientos de miles de lectores de la España progresista. Que, al igual que el PP y el PSOE, ya no representan a la mayoría de los ciudadanos de este país. ¡No tiene usted la menor idea de lo que está hablando!


Bueno, es posible que yo no tenga la menor idea de lo que estoy hablando. Quizá me equivoque de cabo a rabo cuando pienso que la crisis de los dinosaurios de papel no es una  crisis del periodismo. Quizá diga un disparate cuando afirmo que el periodismo puede estar viviendo el nacimiento de una nueva edad de oro, solo que con otros modelos empresariales y profesionales y con una reordenación del papel respectivo de sus soportes -digitales, audiovisuales e impresos-. Quizá sueñe cuando veo que jamás en la historia de la humanidad
tanta gente había emitido tantas informaciones y opiniones como lo hace hoy a través de las redes sociales. Quizá me haya emborrachado de té con hierbabuena cuando constato que nunca habían surgido tantos diarios nuevos creados y dirigidos por periodistas como está ocurriendo ahora en España y en todo el mundo con los digitales.


Sí. Debo estar equivocado cuando pienso que Internet puede ser la pesadilla de las viejas empresas periodísticas del papel a la par que una herramienta fabulosa para los periodistas. Un instrumento que permite crear medios propios con poco dinero, ser independientes de los gigantes políticos y empresariales, dirigirse directamente a los lectores, informar y opinar con espíritu crítico y al servicio    del bien común. ¿A costa de una mayor estrechez económica? Pues sí. Pero un periodista prefiere vivir sin mordaza que con
un sueldazo, ¿no?

Terminemos: confieso que, aunque no chavista, soy un antisistema. Creo que el periodismo nació como un contrapoder ciudadano frente a los más ricos y más fuertes, que esa es su misión social. Los diarios de papel españoles han dejado de cumplirla y en el pecado llevan la penitencia.

 

(tintaLibre, julio de 2014)

 


 


 


 



 


 

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